Tus brochas también necesitan una rutina: el detalle que cambia tu maquillaje

Brochas de maquillaje en recipientes blancos frente a un espejo

Foto: freestocks.org · CC0.

Compramos una base nueva, probamos otro rubor y buscamos el pincel perfecto. Pero hay un paso mucho menos vistoso que merece sitio en la rutina: limpiar las brochas de maquillaje. El producto que queda entre las cerdas no desaparece cuando cerramos el neceser.

La Academia Americana de Dermatología recomienda lavarlas cada siete a diez días. Es una pauta de higiene, no un truco para conseguir una piel perfecta: las herramientas acumulan restos de cosméticos, grasa y suciedad.

Brochas de maquillaje de distintos tamaños sobre una mesa beige
Foto: Karen Laårk Boshoff / Pexels.

Una limpieza suave, sin sumergirlo todo

Empieza mojando las puntas con agua tibia. Después, prepara un recipiente con agua tibia y una cucharada de champú suave o clarificante, y mueve las cerdas dentro de la mezcla. Puedes masajearlas delicadamente sobre la palma para desprender el producto.

Aclara y repite hasta que el agua salga limpia. La recomendación es concentrarse en las puntas: sumergir la unión entre las cerdas y el mango puede deteriorar el adhesivo que mantiene la brocha armada.

Tres brochas de maquillaje sobre una superficie blanca de mármol
Foto: Kaboompics / Pexels.

El secado importa tanto como el lavado

Retira el exceso de humedad con papel limpio y deja las brochas acostadas sobre una toalla, con las puntas sobresaliendo del borde. Evita colocarlas mojadas de pie en un vaso: el agua puede desplazarse hacia el pegamento.

Una idea práctica es reservarles un momento fijo en la semana. Así, lavar las herramientas deja de depender de acordarse justo cuando tenemos prisa por salir. Guarda el neceser solo cuando todo esté seco.

Tu neceser es personal

La misma academia aconseja no compartir maquillaje ni sus aplicadores. También conviene revisar los productos: si cambian de olor, color o textura, no los conserves solo porque aún queda contenido.

No hace falta convertir el tocador en un laboratorio. Una rutina sencilla y constante empieza por las herramientas que tocan tu rostro todos los días.